jueves, 26 de noviembre de 2009

Uno

Otra noche más después de un arduo trabajo, llegaba a su frío departamento, en el zócalo de un viejo edificio. Se preparaba una taza de té, mientras su gato grisáceo, se paseaba por sus piernas, lamiendo de vez en cuando el sucio piso, recogiendo migas de pan y polvo.
Ya con su taza de té, se recuesta en la cama, con la mano izquierda la sostiene, y con la derecha enciende la radio a pilas. Le encanta escuchar tango mirando el mismo punto del techo, una pequeña grieta, que ya es una compañera más en su vida.
Fuera de su departamento, de vez en cuando, se rompe la monotonía del silencio con el golpeteo de los tacos en el piso. Con la mirada aún en la grieta, murmura, ya terminó el horario de mi trabajo, cerrando los ojos lentamente, se queda profundamente dormido.

Siempre se despierta sin necesidad de alarmas y despertadores, vestido con la ropa de la noche anterior, toca el frío piso con los pies, mientras avanza hacia el sucio espejo del baño. Mojándose la cara y secando sus manos en el pelo, se contempla un segundo y sale raudo del pequeño departamento.
Ya camino a su quehacer diario, con apurados pasos se detiene en el sector que le corresponde para hacer lo encomendado. El nunca lo eligió, lo eligieron, nunca supo cómo ni por qué, pero desde hace diez años se para en el mismo lugar, a contar las personas que pasan por ahí. Ya los reconoce, y los cuenta con voz medianamente baja, uno, dos y así sucesivamente, son ocho horas diarias, de lo mismo, y cumple a cabalidad su trabajo. Nunca sonríe preocupado de su cuenta rutinaria. Todos los días termina, desde hace diez años, a las ocho de la noche, y la cuenta en el mismo número, sesenta y tres. Se retira, con la tarea cumplida. Y otra noche, con la misma rutina, tango, una taza de té y un dormir profundo.

Al otro día, se despertó mucho antes de lo que acostumbraba, algo no andaba bien, sin hacer mucho caso de lo sucedido, salió como todas las mañanas, sin embargo, algo lo perturbaba.

Ya en el lugar de siempre, ni un minuto antes ni uno después, comenzó nuevamente su cuenta, y por primera vez se atreve a innovar, lo hace en forma regresiva. Sesenta y tres empieza vociferando en forma suave. Generalmente a mediodía sacaba un pan de su bolsillo, sin nada más que solo miga, masticándolo de manera lenta y tortuosa, la boca seca y tragando con dificultad. Es en el único momento que cuenta mentalmente, sin decir palabra alguna.
Terminando la faena, 19:55 hrs., cuando queda en el número dos, espera cinco minutos, y no puede cerrar la cuenta final. También por primera vez, se queda detenido en el tiempo, buscando alguna respuesta a lo que estaba sucediendo. Pasan diez minutos, veinte, treinta. Se da por vencido y piensa, finalmente ha sucedido.

Corriendo por las calles, asustado, sin saber que iba a pasar, trata de encontrar la persona que faltaba. Llega a su departamento, muy tarde, agitado, sin encontrar la paz que necesitaba. No duerme en toda la noche, sale en la mañana mucho más temprano de lo habitual. El sabía quien era el último que no había contado el día anterior. Hoy, no se dirige al lugar de siempre, se dirige a la casa del desaparecido. Fue en su búsqueda, llegó a la dirección que había retenido en su memoria por tanto tiempo, abrió lentamente la puerta de la casa, entró con cuidado, mientras el corazón iba demasiado rápido, casi se escuchaba en las paredes el eco de sus latidos, que se acoplaban perfectamente con crujir del piso de madera.
Mientras se mueve lentamente por las habitaciones de la casa, busca desesperadamente a la persona restante, entra en una pequeña pieza, donde se encuentra una cama sin hacer, bajo la tenue luz de un día nublado que ingresa tímidamente por la ventana.
Sin pensar mucho, se recuesta en esa cama extraña, tratando de buscar la paz que tanto necesitaba. Se queda inmóvil observando el vaivén de las cortinas producidas por un pequeño vidrio trizado, mientras el frío se cuela por la parte trasera de su cabeza. El silencio se ve drásticamente afectado por el abrir de una puerta contigua, se para rápidamente y se esconde detrás del umbral de la entrada.
Una figura delgada y pequeña, ingresa lentamente hacia la atenuada oscuridad de su habitación. Escondido en la oscuridad, incómodamente esperando algún suceso que cambie la intranquila calma, se encuentra nuestro sigiloso personaje. Sin querer, cambia su postura inmóvil, y desequilibra la armonía del silencio. El anciano se estremece, y buscando, en un acto reflejo, con la mano temblorosa encima de la cómoda, el audífono de sus oídos cansados. Y casi de golpe, la sombra emerge rápidamente de su escondite, abalanzándose sobre el frágil cuerpo de aquél anciano, que respiraba agitadamente sin saber que sucedía, tratando de defenderse, sacando las fuerzas que había ya perdido hace muchos años. Desesperado el atacante, rodea lentamente el cuello de su víctima, como serpiente a su presa, mientras el anciano aún con sus limitadas fuerzas, grita ahogadamente pidiendo ayuda, y termina rendido bajo un último respiro.
El asesino, arrastra el cuerpo ya sin vida, hasta la cama, lo recuesta en ella, lo mira y se va lentamente hacia la salida.

Al día siguiente, el asesino, como de costumbre, despierta sin ayuda. Rápidamente, vuelve a las mismas mañanas rutinarias, saliendo de su departamento con pequeñas gotas de agua en el pelo.
Esta vez, había sentido algo diferente al llegar y contar a la primera persona de su lista imaginaria, ya no lograba conciliar la paz que le daba anteriormente su trabajo. Quizás el episodio que había vivido le había cambiado para siempre su manera de ver su entorno y su insignificante vida. Sin embargo, termina como todos los días de contar, esta vez, sin saber por qué, termina su lista en el número sesenta y dos, y sin hacerse pregunta alguna y sin vacilar, retorna su camino a casa. Como solía suceder, al abrir la puerta del lúgubre departamento, su gato tan gris como siempre, y como siempre rodeando las piernas de su amo. Al parecer era el único ser, que sabía de su existencia.
Ya en la cocina, y buscando entre las bolsas, encuentra un pan añejo y endurecido, para cortarlo busca un cuchillo entre el poco servicio limpio que aún le quedaba. Mientras lo empuña, va sintiendo el frío metal del mango, que le produce una leve excitación, Sin pensarlo dos veces, toma fuertemente el cuchillo en sus manos, abre rápidamente la puerta y corre hacia su próxima víctima, la última persona que contó hoy.
Esta vez, el victimario rodea la casa, acompañado de una fuerte respiración, casi animal y sobrehumana. Casi olfateando a su presa, va lentamente escuchando los pasos y sintiendo los aromas que provenían desde el interior de esa pequeña casa blanca con diminutas rejas en el jardín.
Finalmente, encuentra una ventana abierta entre unos arbustos, entra sigilosamente, y a medida que avanza en la casa, su respiración se vuelve calma, como si ya eso fuera natural. Se queda en la cocina, esperando en silencio, a que entre la presa desprevenida. Y sucede mientras miraba su rostro en el reflejo de la ventana, que escucha los pasos que vienen directamente hacia él. Se gira rápidamente y entierra su cuchillo en la mujer, de cabellos largos, y ojos grandes, mientras el cuchillo va recorriendo las entrañas, ella lo mira a sus ojos, sin poder decir palabra alguna. Cae al suelo, y la sangre lentamente en las manos asesinas, viaja hasta sus muñecas.
De imprevisto se escuchan las sirenas de los policías, que se van acercando cada vez más a la fachada de la casa, sin ninguna posibilidad de reacción, el asesino se queda inmóvil esperando, entran a la casa y lo encuentran sentado junto a la víctima, adornado de sangre, sus manos y cuerpo.
No intenta nada, como si supiese que de eso depende su tranquilidad.
El juicio fue corto, demencia el veredicto. Fue trasladado a una clínica siquiátrica.
Ha pasado una semana desde el hecho de su aprehensión, era una mañana clara, él vestido de blanco mirando el cielo, mientras una camisa lo atrapa en un laberinto de nudos. Respira profundo, como disfrutando de aquel momento, ojos bien abiertos, recostado en esa cama limpia. Sonríe, ha encontrado la felicidad.
Su vida, ya no depende de esa vieja rutina, ya no necesita salir y hacer lo que hacía siempre, ya no se tiene que preocupar de nada y de nadie.
Ya no sentirá jamás lo que sintió ese día, cuando faltó una persona. Ahora es feliz.

Su gato aún lo espera cada tarde a la misma hora, apoyado en la puerta, ya no hay más migas, ni zapatos sucios.

Se abre la puerta de la habitación del enfermo, el paramédico lo revisa, mientras se escucha casi imperceptiblemente… uno.
Fin

4 comentarios:

Unknown dijo...

Es una obra maestra

Ricardo Mancilla dijo...

vale fans numero uno, jajaja.

Unknown dijo...

Que grata sorpresa, no me lo esperaba. Me costo reconocerte en el relato, solitario y nostalgico. Me gusta lo cotidiano, aunque concuerdo en lo común de los desenlaces, tiene momentos en los que esperas más o quizas solo sigo sorprendida.

Paty

Melisa dijo...

me mantuvo atrapada...

buena

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