El abuelo ya no era el de antes, se le olvidaba todo. Dejó de ser el tipo divertido que solía ser. Ya no se acordaba mucho de mi, su nieto, su único nieto. En la casa lo trataban mal, mis papás, ya no lo soportaban. Yo era el que lo cuidaba siempre, debido a su enfermedad, alzhéimer, que se desarrolló rápidamente. En un abrir y cerrar de ojos, a menudo, ya no se acordaba de nuestros nombres ni que hacía viviendo con nosotros. Era un tipo lleno de historias, que siempre me las contaba a la hora de acostarme. De hecho, sus historias nunca me hicieron dormir, me dejaban con los ojos bien abiertos, esperando cada noche, una más.
Mi nombre es Juan, tengo 25 años, estudio, trabajo, no tengo novia, aunque siempre he querido compartir mi vida con alguien. Mi abuelo siempre me decía, no te darás cuenta cuando una mujer esté compartiendo tu vida, llegará de la manera más inesperada, de improviso. En mi tiempo libre, el poco que me queda, lo dispongo para los cuidados de mi querido abuelo. Lo hago contento, mis papás siempre me dejaron solo cuando niño, los dos trabajaban, mi abuelo en ese entonces se ocupaba de mí, ya que su querida señora había fallecido muchos años antes. Me invitaba a pasear a la quinta normal, me contaba la historia de los trenes, lo sabía todo. También en esas tardes cuando yo ya era mayor, me contaba de mi abuela, la que nunca conocí. Siempre me dijo que fue una mujer formidable, que lo que tenían ellos era insuperable. Me decía que lo más importante entre en un hombre y una mujer, era la complicidad, y las risas. Yo asentía con la cabeza, aún no conocía el amor. Una vez me contó, en una de esas tantas tardes donde no había nada que hacer, que una noche abrió la puerta de su casa, y ahí estaba ella, esperándolo con un diminuto traje, piernas perfectas, una sonrisa dibujada en su rostro, el color de piel mas hermoso que había visto en su vida, y una pequeña liga en su pierna derecha. A mi abuelo, esa tarde en la banca, se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras trataba de no olvidar detalles de esa noche, seguramente era lo que más lo ponía triste, ya no lo recordaba como antes. Pero, su emoción, creo, fue como el día en que se encontró detrás de la puerta a esa hermosa mujer. Yo no lo podía creer, pensaba que mi abuelo, y menos mi abuela, eran capaces de comportarse así. Siempre uno ve a los abuelos, como gente seria. Sin embargo, mi abuelo me enseñó eso, a disfrutar a concho las cosas que te da la vida. A saber disfrutar de un buen vino y de una buena compañía, de un buen porrito junto a la mujer de tus sueños. Me decía que no había como eso, recordaba las tardes con mi abuela, en el departamento de soltero que tenía, en una calle que ya había olvidado su nombre, cuando los dos pasaban mirando el reloj junto a la mesita, con una cerveza en la mano, desnudos, toda la tarde y el sol se colaba por las cortinas y hacían resaltar su hermosa figura, el la veía pasearse, bailar, saltar, de vez en cuando se abrazaban y reían de saber que eran los únicos en el mundo, esas tardes el pensaba que nunca acabarían. Me decía entonces, disfruta todo en la vida, nada es bueno ni malo.
Desde hace un tiempo que mi abuelo anda raro, hace cosas que no tienen sentido. Siempre a la misma hora, sale de su pieza, con el bastón en la mano, corriendo hacia el jardín. Mete el palo entre las ligustrinas y las rejas, y toca a alguien que siempre pasa.
Un día lo seguí al jardín, a la misma hora, venía la persona caminando y mi abuelo la toca con el bastón, ella se dirige a la puerta de mi casa, toca el timbre, yo abro la puerta muy rápido, para que nadie supiera en el lío que se había metido mi abuelo. Abro la reja, quedo pasmado por los brillos de su oscuro pelo, sus ojos café que me miraban directamente a los míos. No sabía que hacer, así que de inmediato, miré a mi abuelo, lo subí y lo bajé, lo obligué a irse a la pieza, mientras mi abuelo caminando lento y con lágrimas en sus ojos se recostó en su cama. La miré nuevamente, y me di cuenta que ella no estaba enojada con él, todo lo contrario, se enojó conmigo. Ella no venía a pedir explicaciones, sólo quería conocer a la persona que le hacía todos los días lo mismo. Me sentí avergonzado, le pedí disculpas de parte de los dos. Me dijo que no me preocupara y que vendría a ver más seguido a mi abuelo, no sé por qué.
Toda esa tarde me quedé pensando en ella, esperaba con ansias que alguien tocara el timbre, pero nada. Los días pasaron, y nuevamente mi abuelo le hizo lo mismo, ella toca el timbre, y yo otra vez con cara de no saber que hacer, si pedir disculpas, si retar a mi abuelo, etc. Sólo estaba frente a ella sin saber que decir, pero una sonrisa cómplice de ella terminó con mis dudas, le dije nos vemos, disculpa otra vez. Que imbécil! Ya mi abuelo no estaba bien para decirme que hacer.
Mi abuelo, siempre a fin de mes, cobraba su pensión, llegaba a su pieza con el dinero, lo ponía en su pelela, que estaba bajo su cama, era su escondite secreto. Y claro que lo era, porque cada mañana, cuando yo limpiaba su pelela, y era el único que lo hacía. Encontraba bajo toda su suciedad, los billetes embarrados. Cada fin de mes era lo mismo, yo los lavaba, y se los escondía en una tabla suelta en el piso de su pieza, que ni él ni mis padres sabían donde estaba. El no usaba dinero, y podría apostar que no sabía para que se usaba. Pero, yo se lo guardaba, por si algún día el lo llegara a necesitar. Ya no sabía que cantidad tenía bajo su cama, pero era mucho. Tuve que empezar a despegar otras tablas a medida que pasaba el tiempo.
Como decía, en mi casa siempre lo trataban mal, mi viejo a veces le pegaba, por mí, no lo mandaban a un asilo, yo prometí que siempre lo cuidaría, por eso lo dejaron a mi cargo. Me da pena saber que a veces no se acuerda de mí, y cada vez sucede más seguido.
Voy a la universidad de día, y trabajo de noche, al contrario de la mayoría que lo hace al revés. Pero, ya me acostumbré, con el dinero que gano, me pago la universidad, no me sobra nada, ni para un helado. Estudio pedagogía en educación básica, porque me gustaría dejar algo en los niños, una pequeña herencia, que me recuerden como el viejo de matemáticas, historia, castellano. Quiero enseñarles poemas, quiero contarles las mismas historias que me contaba mi abuelo, hacerlas mías, de hecho creo que ya las hice mías. Dejar un pequeño recuerdo en cada cabecita loca que corre por el patio.
No me queda mucho tiempo después de la universidad, llego a mi casa, veo a mi abuelo y me cambio para el trabajo, que no dura mucho tampoco, son un par de horas, para llegar en la noche a casa. Nuevamente veo a mi abuelo, que siempre se demora en acostarse y dormirse, a veces hasta la una de la mañana dando vueltas y revoloteando, hasta que finalmente se queda dormido… yo no tengo historias para contarle.
La noche siguiente, de vuelta a casa después del trabajo, llegando a mi reja, me encuentro sorpresivamente con la mujer hermosa que mi abuelo molestaba siempre a través de la reja. Me sonrió y le correspondí inmediatamente, me invitó a pasear a su perro, le dije que me esperara, porque tenía que ir a ver a mi abuelo y que todo dependía de él. Yo sabía que no iba a poder ir, mi abuelo siempre hace escándalos a la hora de dormirse, sorpresivamente esta vez estaba quieto en su cama, me acerqué para darle un beso, y decirle que se durmiera, asintió con su cabeza y me abrazó. Salí corriendo de la habitación para encontrarme con ella, nos fuimos conversando por la vereda, mientras el perro iba oliendo todo lo que se le pasaba por al frente. Llegamos a la plaza, ella se dirige contenta a la heladería de la esquina, siempre soñé en tomar un helado con alguien que me gustara tanto como ella, sentados en la banca, donde solía sentarme con mi abuelo. La sigo, entramos y ella pide un helado de vainilla, me mira y me pregunta que es lo que quiero, yo no tenía dinero, hago como que busco dinero en mis bolsillos pelados, mientras pienso mentalmente en el sabor que me gustaría. Milagro! Diez lucas en el bolsillo de mi chaqueta, instintivamente pedí chocolate bañado en chocolate. Invité yo.
Nos sentamos, soltamos al Martín, así se llamaba su perro igual que mi abuelo, y por eso empezamos, de la coincidencia del nombre, y le conté la historia de mi abuelo. Ella se encariñó mucho con él, lo quería conocer más. Yo le dije que no era buena idea, porque la gente que no conocía lo descontrolaba, me dijo, ya me conoce, lleva más de seis meses molestándome con el bastón. Asentí, y al otro día quedamos para su visita.
Nos despedimos, ya era tarde, calabaza calabaza cada uno para su casa. Jajaja! se lo escuché a mi abuelo, le dije, mientras ella sonreía y se marchaba.
Fui a ver a mi abuelo a su pieza, para ver como estaba, y por primera vez, contarle alguna historia. Pero ya estaba dormido, otro día se la contaría.
Bueno, ya era hora de que llegara nuestra invitada, le comentaba a mi abuelo, que estaba sonriente como pocos días, sentado en su silla mecedora. Como si supiera lo que pasaba, me daba risa un poco. Verlo como niño en navidad esperando algún juguete nuevo. Tocaron el timbre, yo estaba asustado, no sabía como iba a reaccionar mi abuelo, Beatriz entra al living con los reflejos del sol en su espalda, mientras mi abuelo con ojos grandes la ve entrar, sigue con sus ojos, el pelo que baila con su vestido blanco. Lo vi emocionado, no lo había visto así desde hace mucho tiempo, como cuando me contó la historia de la abuela.
Nos sentamos frente a mi abuelo, mientras el sólo sonreía con los ojos mojados, a Beatriz le encantó mi abuelo, vio en su mirada lo cándido y transparente que era. Mi abuelo no dijo nada en toda la tarde, solo la miraba, mientras nosotros conversábamos de cualquier cosa. Yo creo que mi abuelo, estaba en el departamento de solteros con mi abuela, recordando esos viejos momentos, mientras contemplaba a Beatriz. Finalmente, llegó la hora de prepararme para mi trabajo, mi abuelo se despidió de un beso en la mejilla de la invitada de honor.
Salimos, Beatriz y yo, a la calle, no quería despedirme, me mira, me abraza y me da un beso que nunca olvidaría. Esa tarde no fui a trabajar, me quedé con ella, en su casa. Me acordé de las tardes que me contaba mi abuelo, así lo viví, no me importaba nada, solo disfrutar el momento al máximo, acompañado de la mujer de mis sueños.
Al otro día despierto, abrazándola, se me había pasado la hora, me vestí lo más rápido que pude, me despedí con un beso en la mejilla, mientras ella dormía.
Desde lejos vi una ambulancia estacionada frente a mi casa, corrí lo más fuerte que pude, era mi abuelo, no estaba bien. Lo llevaban con oxígeno, no me dejaron subir con él. Corría detrás de la ambulancia, tomé la micro, me bajé en el hospital. El ya estaba en cama, un poco más estable, pero el doctor me dijo, que ya no podría vivir más, el alzhéimer estaba muy avanzado. Lloré, mientras le pedí al doctor que me dejara hablar con él. Secándome las lágrimas, entre en su habitación, por fin tenía una historia que contar, mientras él apenas podía abrir los ojos. Le dije que le tenía una historia para dormir, asienta con su cabeza, mientras le cuento la tarde que viví con la mujer que había elegido para pasar mi vida. Le conté, de una mesita con un reloj, de un par de cervezas, de la belleza de la desnudez de Beatriz, le conté que nos reímos, porque éramos los únicos en el mundo. Mi abuelo llorando, con la voz quebrada dice, yo te voy a contar una historia para vivir. Hijo me dice, me da pena saber que lo único que pude dejarte en esta vida, fueron escándalos en el jardín y unas pelelas embarradas por la mañana. Mientras me cierra un ojo, y me entrega un último suspiro.
Yo jamás lo olvidaría.
Mi nombre es Juan, tengo 25 años, estudio, trabajo, no tengo novia, aunque siempre he querido compartir mi vida con alguien. Mi abuelo siempre me decía, no te darás cuenta cuando una mujer esté compartiendo tu vida, llegará de la manera más inesperada, de improviso. En mi tiempo libre, el poco que me queda, lo dispongo para los cuidados de mi querido abuelo. Lo hago contento, mis papás siempre me dejaron solo cuando niño, los dos trabajaban, mi abuelo en ese entonces se ocupaba de mí, ya que su querida señora había fallecido muchos años antes. Me invitaba a pasear a la quinta normal, me contaba la historia de los trenes, lo sabía todo. También en esas tardes cuando yo ya era mayor, me contaba de mi abuela, la que nunca conocí. Siempre me dijo que fue una mujer formidable, que lo que tenían ellos era insuperable. Me decía que lo más importante entre en un hombre y una mujer, era la complicidad, y las risas. Yo asentía con la cabeza, aún no conocía el amor. Una vez me contó, en una de esas tantas tardes donde no había nada que hacer, que una noche abrió la puerta de su casa, y ahí estaba ella, esperándolo con un diminuto traje, piernas perfectas, una sonrisa dibujada en su rostro, el color de piel mas hermoso que había visto en su vida, y una pequeña liga en su pierna derecha. A mi abuelo, esa tarde en la banca, se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras trataba de no olvidar detalles de esa noche, seguramente era lo que más lo ponía triste, ya no lo recordaba como antes. Pero, su emoción, creo, fue como el día en que se encontró detrás de la puerta a esa hermosa mujer. Yo no lo podía creer, pensaba que mi abuelo, y menos mi abuela, eran capaces de comportarse así. Siempre uno ve a los abuelos, como gente seria. Sin embargo, mi abuelo me enseñó eso, a disfrutar a concho las cosas que te da la vida. A saber disfrutar de un buen vino y de una buena compañía, de un buen porrito junto a la mujer de tus sueños. Me decía que no había como eso, recordaba las tardes con mi abuela, en el departamento de soltero que tenía, en una calle que ya había olvidado su nombre, cuando los dos pasaban mirando el reloj junto a la mesita, con una cerveza en la mano, desnudos, toda la tarde y el sol se colaba por las cortinas y hacían resaltar su hermosa figura, el la veía pasearse, bailar, saltar, de vez en cuando se abrazaban y reían de saber que eran los únicos en el mundo, esas tardes el pensaba que nunca acabarían. Me decía entonces, disfruta todo en la vida, nada es bueno ni malo.
Desde hace un tiempo que mi abuelo anda raro, hace cosas que no tienen sentido. Siempre a la misma hora, sale de su pieza, con el bastón en la mano, corriendo hacia el jardín. Mete el palo entre las ligustrinas y las rejas, y toca a alguien que siempre pasa.
Un día lo seguí al jardín, a la misma hora, venía la persona caminando y mi abuelo la toca con el bastón, ella se dirige a la puerta de mi casa, toca el timbre, yo abro la puerta muy rápido, para que nadie supiera en el lío que se había metido mi abuelo. Abro la reja, quedo pasmado por los brillos de su oscuro pelo, sus ojos café que me miraban directamente a los míos. No sabía que hacer, así que de inmediato, miré a mi abuelo, lo subí y lo bajé, lo obligué a irse a la pieza, mientras mi abuelo caminando lento y con lágrimas en sus ojos se recostó en su cama. La miré nuevamente, y me di cuenta que ella no estaba enojada con él, todo lo contrario, se enojó conmigo. Ella no venía a pedir explicaciones, sólo quería conocer a la persona que le hacía todos los días lo mismo. Me sentí avergonzado, le pedí disculpas de parte de los dos. Me dijo que no me preocupara y que vendría a ver más seguido a mi abuelo, no sé por qué.
Toda esa tarde me quedé pensando en ella, esperaba con ansias que alguien tocara el timbre, pero nada. Los días pasaron, y nuevamente mi abuelo le hizo lo mismo, ella toca el timbre, y yo otra vez con cara de no saber que hacer, si pedir disculpas, si retar a mi abuelo, etc. Sólo estaba frente a ella sin saber que decir, pero una sonrisa cómplice de ella terminó con mis dudas, le dije nos vemos, disculpa otra vez. Que imbécil! Ya mi abuelo no estaba bien para decirme que hacer.
Mi abuelo, siempre a fin de mes, cobraba su pensión, llegaba a su pieza con el dinero, lo ponía en su pelela, que estaba bajo su cama, era su escondite secreto. Y claro que lo era, porque cada mañana, cuando yo limpiaba su pelela, y era el único que lo hacía. Encontraba bajo toda su suciedad, los billetes embarrados. Cada fin de mes era lo mismo, yo los lavaba, y se los escondía en una tabla suelta en el piso de su pieza, que ni él ni mis padres sabían donde estaba. El no usaba dinero, y podría apostar que no sabía para que se usaba. Pero, yo se lo guardaba, por si algún día el lo llegara a necesitar. Ya no sabía que cantidad tenía bajo su cama, pero era mucho. Tuve que empezar a despegar otras tablas a medida que pasaba el tiempo.
Como decía, en mi casa siempre lo trataban mal, mi viejo a veces le pegaba, por mí, no lo mandaban a un asilo, yo prometí que siempre lo cuidaría, por eso lo dejaron a mi cargo. Me da pena saber que a veces no se acuerda de mí, y cada vez sucede más seguido.
Voy a la universidad de día, y trabajo de noche, al contrario de la mayoría que lo hace al revés. Pero, ya me acostumbré, con el dinero que gano, me pago la universidad, no me sobra nada, ni para un helado. Estudio pedagogía en educación básica, porque me gustaría dejar algo en los niños, una pequeña herencia, que me recuerden como el viejo de matemáticas, historia, castellano. Quiero enseñarles poemas, quiero contarles las mismas historias que me contaba mi abuelo, hacerlas mías, de hecho creo que ya las hice mías. Dejar un pequeño recuerdo en cada cabecita loca que corre por el patio.
No me queda mucho tiempo después de la universidad, llego a mi casa, veo a mi abuelo y me cambio para el trabajo, que no dura mucho tampoco, son un par de horas, para llegar en la noche a casa. Nuevamente veo a mi abuelo, que siempre se demora en acostarse y dormirse, a veces hasta la una de la mañana dando vueltas y revoloteando, hasta que finalmente se queda dormido… yo no tengo historias para contarle.
La noche siguiente, de vuelta a casa después del trabajo, llegando a mi reja, me encuentro sorpresivamente con la mujer hermosa que mi abuelo molestaba siempre a través de la reja. Me sonrió y le correspondí inmediatamente, me invitó a pasear a su perro, le dije que me esperara, porque tenía que ir a ver a mi abuelo y que todo dependía de él. Yo sabía que no iba a poder ir, mi abuelo siempre hace escándalos a la hora de dormirse, sorpresivamente esta vez estaba quieto en su cama, me acerqué para darle un beso, y decirle que se durmiera, asintió con su cabeza y me abrazó. Salí corriendo de la habitación para encontrarme con ella, nos fuimos conversando por la vereda, mientras el perro iba oliendo todo lo que se le pasaba por al frente. Llegamos a la plaza, ella se dirige contenta a la heladería de la esquina, siempre soñé en tomar un helado con alguien que me gustara tanto como ella, sentados en la banca, donde solía sentarme con mi abuelo. La sigo, entramos y ella pide un helado de vainilla, me mira y me pregunta que es lo que quiero, yo no tenía dinero, hago como que busco dinero en mis bolsillos pelados, mientras pienso mentalmente en el sabor que me gustaría. Milagro! Diez lucas en el bolsillo de mi chaqueta, instintivamente pedí chocolate bañado en chocolate. Invité yo.
Nos sentamos, soltamos al Martín, así se llamaba su perro igual que mi abuelo, y por eso empezamos, de la coincidencia del nombre, y le conté la historia de mi abuelo. Ella se encariñó mucho con él, lo quería conocer más. Yo le dije que no era buena idea, porque la gente que no conocía lo descontrolaba, me dijo, ya me conoce, lleva más de seis meses molestándome con el bastón. Asentí, y al otro día quedamos para su visita.
Nos despedimos, ya era tarde, calabaza calabaza cada uno para su casa. Jajaja! se lo escuché a mi abuelo, le dije, mientras ella sonreía y se marchaba.
Fui a ver a mi abuelo a su pieza, para ver como estaba, y por primera vez, contarle alguna historia. Pero ya estaba dormido, otro día se la contaría.
Bueno, ya era hora de que llegara nuestra invitada, le comentaba a mi abuelo, que estaba sonriente como pocos días, sentado en su silla mecedora. Como si supiera lo que pasaba, me daba risa un poco. Verlo como niño en navidad esperando algún juguete nuevo. Tocaron el timbre, yo estaba asustado, no sabía como iba a reaccionar mi abuelo, Beatriz entra al living con los reflejos del sol en su espalda, mientras mi abuelo con ojos grandes la ve entrar, sigue con sus ojos, el pelo que baila con su vestido blanco. Lo vi emocionado, no lo había visto así desde hace mucho tiempo, como cuando me contó la historia de la abuela.
Nos sentamos frente a mi abuelo, mientras el sólo sonreía con los ojos mojados, a Beatriz le encantó mi abuelo, vio en su mirada lo cándido y transparente que era. Mi abuelo no dijo nada en toda la tarde, solo la miraba, mientras nosotros conversábamos de cualquier cosa. Yo creo que mi abuelo, estaba en el departamento de solteros con mi abuela, recordando esos viejos momentos, mientras contemplaba a Beatriz. Finalmente, llegó la hora de prepararme para mi trabajo, mi abuelo se despidió de un beso en la mejilla de la invitada de honor.
Salimos, Beatriz y yo, a la calle, no quería despedirme, me mira, me abraza y me da un beso que nunca olvidaría. Esa tarde no fui a trabajar, me quedé con ella, en su casa. Me acordé de las tardes que me contaba mi abuelo, así lo viví, no me importaba nada, solo disfrutar el momento al máximo, acompañado de la mujer de mis sueños.
Al otro día despierto, abrazándola, se me había pasado la hora, me vestí lo más rápido que pude, me despedí con un beso en la mejilla, mientras ella dormía.
Desde lejos vi una ambulancia estacionada frente a mi casa, corrí lo más fuerte que pude, era mi abuelo, no estaba bien. Lo llevaban con oxígeno, no me dejaron subir con él. Corría detrás de la ambulancia, tomé la micro, me bajé en el hospital. El ya estaba en cama, un poco más estable, pero el doctor me dijo, que ya no podría vivir más, el alzhéimer estaba muy avanzado. Lloré, mientras le pedí al doctor que me dejara hablar con él. Secándome las lágrimas, entre en su habitación, por fin tenía una historia que contar, mientras él apenas podía abrir los ojos. Le dije que le tenía una historia para dormir, asienta con su cabeza, mientras le cuento la tarde que viví con la mujer que había elegido para pasar mi vida. Le conté, de una mesita con un reloj, de un par de cervezas, de la belleza de la desnudez de Beatriz, le conté que nos reímos, porque éramos los únicos en el mundo. Mi abuelo llorando, con la voz quebrada dice, yo te voy a contar una historia para vivir. Hijo me dice, me da pena saber que lo único que pude dejarte en esta vida, fueron escándalos en el jardín y unas pelelas embarradas por la mañana. Mientras me cierra un ojo, y me entrega un último suspiro.
Yo jamás lo olvidaría.
Fin
3 comentarios:
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" y ahí estaba ella, esperándolo con un diminuto traje, piernas perfectas, una sonrisa dibujada en su rostro, el color de piel mas hermoso que había visto en su vida, y una pequeña liga en su pierna derecha"
" saber disfrutar de un buen vino y de una buena compañía, de un buen porrito junto a la mujer de tus sueños"
Mi cuento preferido... hermoso
hermoso...
gracias por tu relato
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