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El fotógrafo miraba sus fotografías sin entender porque aún no encontraba la inspiración que tanto deseaba, no encontraba el proyecto que necesitaba para ser diferente e inigual.Quiso imitar a otros tantos fotógrafos ya reconocidos, empezó observando sus imágenes, sus tendencias, sus motivaciones. Sin embargo, no encontraba su real anhelo, no encontraba ese algo que lo haría especial. Se fijaba, en las aperturas, velocidades, que tipo de lente, sensibilidad a la luz. Se daba por vencido rápidamente, así que empezó por lo más fácil para hacerse de un nombre. Comenzó sacando fotografías a famosos, como tantos otros fotógrafos de renombre.Los esperaba en los sectores típicos donde vería pasearse a las estrellas, las seguía, encontraba ingeniosos escondites. Un día siguiendo a un artista muy conocido en el ámbito, corriendo tras ese automóvil que llevaba la imagen que lo llevaría poco a poco a la cima. Tropieza tontamente mientras trataba de enfocar el rostro de su víctima, un camión más atrás lo arrastra violentamente unos metros hacia delante. El aún consciente, con la cámara fuertemente asida entre sus manos, ve el reflejo de una persona que fue en su ayuda, velozmente sin pensarlo, aprieta el obturador varias veces, antes de que su cabeza tocara inconsciente el piso.Un mes después despierta con la voz de su madre que lo fue a visitar, el sin saber que había pasado, tratando de reincorporarse, abriendo los ojos lentamente, se da cuenta que esta en su habitación, la madre lloraba mucho, el le dice que esta bien, que va a cambiar de idea, algo menos peligroso, que finalmente tiene una idea que ha estado pensando hace un tiempo, que le había llegado la inspiración de forma mágica e inexplicable. La madre se tranquiliza, y le arregla unas flores que le había dejado encima del velador.Se pone de inmediato a trabajar en su idea, sí, fotografiaría a gente común y corriente, su proyecto se llamaría “gente famosa, común y corriente”. Trataría de retratos de gente no reconocida, pero que en su vida, fuera mucho más importante que cualquier rostro reconocido, era un proyecto ambicioso, como el lo denominaba de manera frecuente.Empezó recorriendo las calles, tratando de encontrar a alguien digno de sus retratos, que reflejarían a alguien muy importante. Se fijaba en la manera de caminar, del color de sus zapatos, si estaban limpios o no, en los pantalones y faldas, de que tela era, si la confección era nacional o extranjera, en las uñas, de su limpieza, de los anillos, de los relojes, si eran finos o no, las manos desgastadas o sin uso, pasó mucho tiempo deambulando por las calles, siempre con su cámara en mano, pasó tanto tiempo sin encontrar sus famosos rostros, que ya sin mirar a la gente, sin observarlos se daba cuenta de quienes eran, que podía percibir de manera instantánea su maldad. Nadie era digno de sus retratos, hasta que un día, siente la vibración de alguien diferente, toma su cámara fuertemente y obtura varias veces en ese rostro. Por fin encontraba alguien digno de sus fotografías. Retornó a su casa, muy contento, sabía que ya estaba empezando a dar frutos su proyecto.A medida que avanzaban los días, se le hacía mucho más fácil encontrar esos rostros iluminados, era como si ellos lo buscaran. La cámara era parte de su cuerpo, ya casi no necesitaba enfocar, la profundidad y la luz, ya no eran un problema.Un día despierta, y se da cuenta de que ya tenía demasiadas fotografías para su proyecto, eran todas perfectas, podría hacer dos libros, pensaba. Cuando empieza a recolectar sus fotografías, y clasificarlas, por estilos, blanco y negro, sepia, color, edades, entre otros. Se da cuenta, que esas fotografías ya las había visto en otro lugar, no recordaba donde ni cuando. Mientras ordena y diagrama sus fotografías le viene un pensamiento que no lo deja tranquilo, comienza a recordar sus fotografías y donde las había visto. Busca rápidamente el diario del día anterior, y encuentra una de sus últimas fotografías. No entendía nada, buscaba respuestas, y lee el artículo de su fotografía, Señora María Isabel Pérez, mujer de 60 años encuentra a su hijo desaparecido después de treinta años.No lo podía creer, algo estaba pasando, buscó en otros diarios de días anteriores, y comenzaron a aparecer sus imágenes, sus retratos, las historias.Miguel Abarzúa, se recupera después de diez años en coma, retoma su vida con mucha ilusión.Juan Pablo Espinoza, viudo, padre de siete hijos, ganador millonario de la lotería.Y así sucesivamente, iban apareciendo sus retratos de gente que recupera, gana, vive, gente que el denominaba iluminada, porque su lente no necesitaba de luz para inmortalizar esas imágenes, ellos la traían en su interior.Busca entre los diarios su primera imagen, su primer retrato, era de hace cinco años, “joven fotógrafo muere atropellado”, sigue leyendo, “su última fotografía fue de la persona que le prestó ayuda”. Entonces se da cuenta de la verdad, se da cuenta que su casa no era la misma, sale de ella, y se encuentra en el sector donde deambulan los famosos, en una animita que esta llena de fotografías, de gente que le pide ayuda, y ve esos rostros que el tanto atesoraba para su proyecto. Finalmente lo había comprendido todo, realizó su proyecto, y la tarea que le había sido encomendada, ahora se podía ir tranquilo.Su madre llegó, como cada mes a colocarle las flores en su lugar, mientras llora amargamente, esta vez, él tomó una última fotografía, ella sonrió por primera vez, se aleja contenta, algo había cambiado.
Fin
El abuelo ya no era el de antes, se le olvidaba todo. Dejó de ser el tipo divertido que solía ser. Ya no se acordaba mucho de mi, su nieto, su único nieto. En la casa lo trataban mal, mis papás, ya no lo soportaban. Yo era el que lo cuidaba siempre, debido a su enfermedad, alzhéimer, que se desarrolló rápidamente. En un abrir y cerrar de ojos, a menudo, ya no se acordaba de nuestros nombres ni que hacía viviendo con nosotros. Era un tipo lleno de historias, que siempre me las contaba a la hora de acostarme. De hecho, sus historias nunca me hicieron dormir, me dejaban con los ojos bien abiertos, esperando cada noche, una más.Mi nombre es Juan, tengo 25 años, estudio, trabajo, no tengo novia, aunque siempre he querido compartir mi vida con alguien. Mi abuelo siempre me decía, no te darás cuenta cuando una mujer esté compartiendo tu vida, llegará de la manera más inesperada, de improviso. En mi tiempo libre, el poco que me queda, lo dispongo para los cuidados de mi querido abuelo. Lo hago contento, mis papás siempre me dejaron solo cuando niño, los dos trabajaban, mi abuelo en ese entonces se ocupaba de mí, ya que su querida señora había fallecido muchos años antes. Me invitaba a pasear a la quinta normal, me contaba la historia de los trenes, lo sabía todo. También en esas tardes cuando yo ya era mayor, me contaba de mi abuela, la que nunca conocí. Siempre me dijo que fue una mujer formidable, que lo que tenían ellos era insuperable. Me decía que lo más importante entre en un hombre y una mujer, era la complicidad, y las risas. Yo asentía con la cabeza, aún no conocía el amor. Una vez me contó, en una de esas tantas tardes donde no había nada que hacer, que una noche abrió la puerta de su casa, y ahí estaba ella, esperándolo con un diminuto traje, piernas perfectas, una sonrisa dibujada en su rostro, el color de piel mas hermoso que había visto en su vida, y una pequeña liga en su pierna derecha. A mi abuelo, esa tarde en la banca, se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras trataba de no olvidar detalles de esa noche, seguramente era lo que más lo ponía triste, ya no lo recordaba como antes. Pero, su emoción, creo, fue como el día en que se encontró detrás de la puerta a esa hermosa mujer. Yo no lo podía creer, pensaba que mi abuelo, y menos mi abuela, eran capaces de comportarse así. Siempre uno ve a los abuelos, como gente seria. Sin embargo, mi abuelo me enseñó eso, a disfrutar a concho las cosas que te da la vida. A saber disfrutar de un buen vino y de una buena compañía, de un buen porrito junto a la mujer de tus sueños. Me decía que no había como eso, recordaba las tardes con mi abuela, en el departamento de soltero que tenía, en una calle que ya había olvidado su nombre, cuando los dos pasaban mirando el reloj junto a la mesita, con una cerveza en la mano, desnudos, toda la tarde y el sol se colaba por las cortinas y hacían resaltar su hermosa figura, el la veía pasearse, bailar, saltar, de vez en cuando se abrazaban y reían de saber que eran los únicos en el mundo, esas tardes el pensaba que nunca acabarían. Me decía entonces, disfruta todo en la vida, nada es bueno ni malo.Desde hace un tiempo que mi abuelo anda raro, hace cosas que no tienen sentido. Siempre a la misma hora, sale de su pieza, con el bastón en la mano, corriendo hacia el jardín. Mete el palo entre las ligustrinas y las rejas, y toca a alguien que siempre pasa.Un día lo seguí al jardín, a la misma hora, venía la persona caminando y mi abuelo la toca con el bastón, ella se dirige a la puerta de mi casa, toca el timbre, yo abro la puerta muy rápido, para que nadie supiera en el lío que se había metido mi abuelo. Abro la reja, quedo pasmado por los brillos de su oscuro pelo, sus ojos café que me miraban directamente a los míos. No sabía que hacer, así que de inmediato, miré a mi abuelo, lo subí y lo bajé, lo obligué a irse a la pieza, mientras mi abuelo caminando lento y con lágrimas en sus ojos se recostó en su cama. La miré nuevamente, y me di cuenta que ella no estaba enojada con él, todo lo contrario, se enojó conmigo. Ella no venía a pedir explicaciones, sólo quería conocer a la persona que le hacía todos los días lo mismo. Me sentí avergonzado, le pedí disculpas de parte de los dos. Me dijo que no me preocupara y que vendría a ver más seguido a mi abuelo, no sé por qué.Toda esa tarde me quedé pensando en ella, esperaba con ansias que alguien tocara el timbre, pero nada. Los días pasaron, y nuevamente mi abuelo le hizo lo mismo, ella toca el timbre, y yo otra vez con cara de no saber que hacer, si pedir disculpas, si retar a mi abuelo, etc. Sólo estaba frente a ella sin saber que decir, pero una sonrisa cómplice de ella terminó con mis dudas, le dije nos vemos, disculpa otra vez. Que imbécil! Ya mi abuelo no estaba bien para decirme que hacer.Mi abuelo, siempre a fin de mes, cobraba su pensión, llegaba a su pieza con el dinero, lo ponía en su pelela, que estaba bajo su cama, era su escondite secreto. Y claro que lo era, porque cada mañana, cuando yo limpiaba su pelela, y era el único que lo hacía. Encontraba bajo toda su suciedad, los billetes embarrados. Cada fin de mes era lo mismo, yo los lavaba, y se los escondía en una tabla suelta en el piso de su pieza, que ni él ni mis padres sabían donde estaba. El no usaba dinero, y podría apostar que no sabía para que se usaba. Pero, yo se lo guardaba, por si algún día el lo llegara a necesitar. Ya no sabía que cantidad tenía bajo su cama, pero era mucho. Tuve que empezar a despegar otras tablas a medida que pasaba el tiempo.Como decía, en mi casa siempre lo trataban mal, mi viejo a veces le pegaba, por mí, no lo mandaban a un asilo, yo prometí que siempre lo cuidaría, por eso lo dejaron a mi cargo. Me da pena saber que a veces no se acuerda de mí, y cada vez sucede más seguido.Voy a la universidad de día, y trabajo de noche, al contrario de la mayoría que lo hace al revés. Pero, ya me acostumbré, con el dinero que gano, me pago la universidad, no me sobra nada, ni para un helado. Estudio pedagogía en educación básica, porque me gustaría dejar algo en los niños, una pequeña herencia, que me recuerden como el viejo de matemáticas, historia, castellano. Quiero enseñarles poemas, quiero contarles las mismas historias que me contaba mi abuelo, hacerlas mías, de hecho creo que ya las hice mías. Dejar un pequeño recuerdo en cada cabecita loca que corre por el patio.No me queda mucho tiempo después de la universidad, llego a mi casa, veo a mi abuelo y me cambio para el trabajo, que no dura mucho tampoco, son un par de horas, para llegar en la noche a casa. Nuevamente veo a mi abuelo, que siempre se demora en acostarse y dormirse, a veces hasta la una de la mañana dando vueltas y revoloteando, hasta que finalmente se queda dormido… yo no tengo historias para contarle.La noche siguiente, de vuelta a casa después del trabajo, llegando a mi reja, me encuentro sorpresivamente con la mujer hermosa que mi abuelo molestaba siempre a través de la reja. Me sonrió y le correspondí inmediatamente, me invitó a pasear a su perro, le dije que me esperara, porque tenía que ir a ver a mi abuelo y que todo dependía de él. Yo sabía que no iba a poder ir, mi abuelo siempre hace escándalos a la hora de dormirse, sorpresivamente esta vez estaba quieto en su cama, me acerqué para darle un beso, y decirle que se durmiera, asintió con su cabeza y me abrazó. Salí corriendo de la habitación para encontrarme con ella, nos fuimos conversando por la vereda, mientras el perro iba oliendo todo lo que se le pasaba por al frente. Llegamos a la plaza, ella se dirige contenta a la heladería de la esquina, siempre soñé en tomar un helado con alguien que me gustara tanto como ella, sentados en la banca, donde solía sentarme con mi abuelo. La sigo, entramos y ella pide un helado de vainilla, me mira y me pregunta que es lo que quiero, yo no tenía dinero, hago como que busco dinero en mis bolsillos pelados, mientras pienso mentalmente en el sabor que me gustaría. Milagro! Diez lucas en el bolsillo de mi chaqueta, instintivamente pedí chocolate bañado en chocolate. Invité yo.Nos sentamos, soltamos al Martín, así se llamaba su perro igual que mi abuelo, y por eso empezamos, de la coincidencia del nombre, y le conté la historia de mi abuelo. Ella se encariñó mucho con él, lo quería conocer más. Yo le dije que no era buena idea, porque la gente que no conocía lo descontrolaba, me dijo, ya me conoce, lleva más de seis meses molestándome con el bastón. Asentí, y al otro día quedamos para su visita.Nos despedimos, ya era tarde, calabaza calabaza cada uno para su casa. Jajaja! se lo escuché a mi abuelo, le dije, mientras ella sonreía y se marchaba.Fui a ver a mi abuelo a su pieza, para ver como estaba, y por primera vez, contarle alguna historia. Pero ya estaba dormido, otro día se la contaría.Bueno, ya era hora de que llegara nuestra invitada, le comentaba a mi abuelo, que estaba sonriente como pocos días, sentado en su silla mecedora. Como si supiera lo que pasaba, me daba risa un poco. Verlo como niño en navidad esperando algún juguete nuevo. Tocaron el timbre, yo estaba asustado, no sabía como iba a reaccionar mi abuelo, Beatriz entra al living con los reflejos del sol en su espalda, mientras mi abuelo con ojos grandes la ve entrar, sigue con sus ojos, el pelo que baila con su vestido blanco. Lo vi emocionado, no lo había visto así desde hace mucho tiempo, como cuando me contó la historia de la abuela.Nos sentamos frente a mi abuelo, mientras el sólo sonreía con los ojos mojados, a Beatriz le encantó mi abuelo, vio en su mirada lo cándido y transparente que era. Mi abuelo no dijo nada en toda la tarde, solo la miraba, mientras nosotros conversábamos de cualquier cosa. Yo creo que mi abuelo, estaba en el departamento de solteros con mi abuela, recordando esos viejos momentos, mientras contemplaba a Beatriz. Finalmente, llegó la hora de prepararme para mi trabajo, mi abuelo se despidió de un beso en la mejilla de la invitada de honor.Salimos, Beatriz y yo, a la calle, no quería despedirme, me mira, me abraza y me da un beso que nunca olvidaría. Esa tarde no fui a trabajar, me quedé con ella, en su casa. Me acordé de las tardes que me contaba mi abuelo, así lo viví, no me importaba nada, solo disfrutar el momento al máximo, acompañado de la mujer de mis sueños.Al otro día despierto, abrazándola, se me había pasado la hora, me vestí lo más rápido que pude, me despedí con un beso en la mejilla, mientras ella dormía.Desde lejos vi una ambulancia estacionada frente a mi casa, corrí lo más fuerte que pude, era mi abuelo, no estaba bien. Lo llevaban con oxígeno, no me dejaron subir con él. Corría detrás de la ambulancia, tomé la micro, me bajé en el hospital. El ya estaba en cama, un poco más estable, pero el doctor me dijo, que ya no podría vivir más, el alzhéimer estaba muy avanzado. Lloré, mientras le pedí al doctor que me dejara hablar con él. Secándome las lágrimas, entre en su habitación, por fin tenía una historia que contar, mientras él apenas podía abrir los ojos. Le dije que le tenía una historia para dormir, asienta con su cabeza, mientras le cuento la tarde que viví con la mujer que había elegido para pasar mi vida. Le conté, de una mesita con un reloj, de un par de cervezas, de la belleza de la desnudez de Beatriz, le conté que nos reímos, porque éramos los únicos en el mundo. Mi abuelo llorando, con la voz quebrada dice, yo te voy a contar una historia para vivir. Hijo me dice, me da pena saber que lo único que pude dejarte en esta vida, fueron escándalos en el jardín y unas pelelas embarradas por la mañana. Mientras me cierra un ojo, y me entrega un último suspiro.Yo jamás lo olvidaría.
Fin
Otra noche más después de un arduo trabajo, llegaba a su frío departamento, en el zócalo de un viejo edificio. Se preparaba una taza de té, mientras su gato grisáceo, se paseaba por sus piernas, lamiendo de vez en cuando el sucio piso, recogiendo migas de pan y polvo.Ya con su taza de té, se recuesta en la cama, con la mano izquierda la sostiene, y con la derecha enciende la radio a pilas. Le encanta escuchar tango mirando el mismo punto del techo, una pequeña grieta, que ya es una compañera más en su vida.Fuera de su departamento, de vez en cuando, se rompe la monotonía del silencio con el golpeteo de los tacos en el piso. Con la mirada aún en la grieta, murmura, ya terminó el horario de mi trabajo, cerrando los ojos lentamente, se queda profundamente dormido.Siempre se despierta sin necesidad de alarmas y despertadores, vestido con la ropa de la noche anterior, toca el frío piso con los pies, mientras avanza hacia el sucio espejo del baño. Mojándose la cara y secando sus manos en el pelo, se contempla un segundo y sale raudo del pequeño departamento.Ya camino a su quehacer diario, con apurados pasos se detiene en el sector que le corresponde para hacer lo encomendado. El nunca lo eligió, lo eligieron, nunca supo cómo ni por qué, pero desde hace diez años se para en el mismo lugar, a contar las personas que pasan por ahí. Ya los reconoce, y los cuenta con voz medianamente baja, uno, dos y así sucesivamente, son ocho horas diarias, de lo mismo, y cumple a cabalidad su trabajo. Nunca sonríe preocupado de su cuenta rutinaria. Todos los días termina, desde hace diez años, a las ocho de la noche, y la cuenta en el mismo número, sesenta y tres. Se retira, con la tarea cumplida. Y otra noche, con la misma rutina, tango, una taza de té y un dormir profundo.Al otro día, se despertó mucho antes de lo que acostumbraba, algo no andaba bien, sin hacer mucho caso de lo sucedido, salió como todas las mañanas, sin embargo, algo lo perturbaba.Ya en el lugar de siempre, ni un minuto antes ni uno después, comenzó nuevamente su cuenta, y por primera vez se atreve a innovar, lo hace en forma regresiva. Sesenta y tres empieza vociferando en forma suave. Generalmente a mediodía sacaba un pan de su bolsillo, sin nada más que solo miga, masticándolo de manera lenta y tortuosa, la boca seca y tragando con dificultad. Es en el único momento que cuenta mentalmente, sin decir palabra alguna.Terminando la faena, 19:55 hrs., cuando queda en el número dos, espera cinco minutos, y no puede cerrar la cuenta final. También por primera vez, se queda detenido en el tiempo, buscando alguna respuesta a lo que estaba sucediendo. Pasan diez minutos, veinte, treinta. Se da por vencido y piensa, finalmente ha sucedido.Corriendo por las calles, asustado, sin saber que iba a pasar, trata de encontrar la persona que faltaba. Llega a su departamento, muy tarde, agitado, sin encontrar la paz que necesitaba. No duerme en toda la noche, sale en la mañana mucho más temprano de lo habitual. El sabía quien era el último que no había contado el día anterior. Hoy, no se dirige al lugar de siempre, se dirige a la casa del desaparecido. Fue en su búsqueda, llegó a la dirección que había retenido en su memoria por tanto tiempo, abrió lentamente la puerta de la casa, entró con cuidado, mientras el corazón iba demasiado rápido, casi se escuchaba en las paredes el eco de sus latidos, que se acoplaban perfectamente con crujir del piso de madera.Mientras se mueve lentamente por las habitaciones de la casa, busca desesperadamente a la persona restante, entra en una pequeña pieza, donde se encuentra una cama sin hacer, bajo la tenue luz de un día nublado que ingresa tímidamente por la ventana.Sin pensar mucho, se recuesta en esa cama extraña, tratando de buscar la paz que tanto necesitaba. Se queda inmóvil observando el vaivén de las cortinas producidas por un pequeño vidrio trizado, mientras el frío se cuela por la parte trasera de su cabeza. El silencio se ve drásticamente afectado por el abrir de una puerta contigua, se para rápidamente y se esconde detrás del umbral de la entrada.Una figura delgada y pequeña, ingresa lentamente hacia la atenuada oscuridad de su habitación. Escondido en la oscuridad, incómodamente esperando algún suceso que cambie la intranquila calma, se encuentra nuestro sigiloso personaje. Sin querer, cambia su postura inmóvil, y desequilibra la armonía del silencio. El anciano se estremece, y buscando, en un acto reflejo, con la mano temblorosa encima de la cómoda, el audífono de sus oídos cansados. Y casi de golpe, la sombra emerge rápidamente de su escondite, abalanzándose sobre el frágil cuerpo de aquél anciano, que respiraba agitadamente sin saber que sucedía, tratando de defenderse, sacando las fuerzas que había ya perdido hace muchos años. Desesperado el atacante, rodea lentamente el cuello de su víctima, como serpiente a su presa, mientras el anciano aún con sus limitadas fuerzas, grita ahogadamente pidiendo ayuda, y termina rendido bajo un último respiro.El asesino, arrastra el cuerpo ya sin vida, hasta la cama, lo recuesta en ella, lo mira y se va lentamente hacia la salida. Al día siguiente, el asesino, como de costumbre, despierta sin ayuda. Rápidamente, vuelve a las mismas mañanas rutinarias, saliendo de su departamento con pequeñas gotas de agua en el pelo.Esta vez, había sentido algo diferente al llegar y contar a la primera persona de su lista imaginaria, ya no lograba conciliar la paz que le daba anteriormente su trabajo. Quizás el episodio que había vivido le había cambiado para siempre su manera de ver su entorno y su insignificante vida. Sin embargo, termina como todos los días de contar, esta vez, sin saber por qué, termina su lista en el número sesenta y dos, y sin hacerse pregunta alguna y sin vacilar, retorna su camino a casa. Como solía suceder, al abrir la puerta del lúgubre departamento, su gato tan gris como siempre, y como siempre rodeando las piernas de su amo. Al parecer era el único ser, que sabía de su existencia.Ya en la cocina, y buscando entre las bolsas, encuentra un pan añejo y endurecido, para cortarlo busca un cuchillo entre el poco servicio limpio que aún le quedaba. Mientras lo empuña, va sintiendo el frío metal del mango, que le produce una leve excitación, Sin pensarlo dos veces, toma fuertemente el cuchillo en sus manos, abre rápidamente la puerta y corre hacia su próxima víctima, la última persona que contó hoy.Esta vez, el victimario rodea la casa, acompañado de una fuerte respiración, casi animal y sobrehumana. Casi olfateando a su presa, va lentamente escuchando los pasos y sintiendo los aromas que provenían desde el interior de esa pequeña casa blanca con diminutas rejas en el jardín.Finalmente, encuentra una ventana abierta entre unos arbustos, entra sigilosamente, y a medida que avanza en la casa, su respiración se vuelve calma, como si ya eso fuera natural. Se queda en la cocina, esperando en silencio, a que entre la presa desprevenida. Y sucede mientras miraba su rostro en el reflejo de la ventana, que escucha los pasos que vienen directamente hacia él. Se gira rápidamente y entierra su cuchillo en la mujer, de cabellos largos, y ojos grandes, mientras el cuchillo va recorriendo las entrañas, ella lo mira a sus ojos, sin poder decir palabra alguna. Cae al suelo, y la sangre lentamente en las manos asesinas, viaja hasta sus muñecas.De imprevisto se escuchan las sirenas de los policías, que se van acercando cada vez más a la fachada de la casa, sin ninguna posibilidad de reacción, el asesino se queda inmóvil esperando, entran a la casa y lo encuentran sentado junto a la víctima, adornado de sangre, sus manos y cuerpo.No intenta nada, como si supiese que de eso depende su tranquilidad.El juicio fue corto, demencia el veredicto. Fue trasladado a una clínica siquiátrica.Ha pasado una semana desde el hecho de su aprehensión, era una mañana clara, él vestido de blanco mirando el cielo, mientras una camisa lo atrapa en un laberinto de nudos. Respira profundo, como disfrutando de aquel momento, ojos bien abiertos, recostado en esa cama limpia. Sonríe, ha encontrado la felicidad.Su vida, ya no depende de esa vieja rutina, ya no necesita salir y hacer lo que hacía siempre, ya no se tiene que preocupar de nada y de nadie.Ya no sentirá jamás lo que sintió ese día, cuando faltó una persona. Ahora es feliz.Su gato aún lo espera cada tarde a la misma hora, apoyado en la puerta, ya no hay más migas, ni zapatos sucios.Se abre la puerta de la habitación del enfermo, el paramédico lo revisa, mientras se escucha casi imperceptiblemente… uno.
Fin